Confesión


La abadía se había vuelto una fortaleza desde su partida hace cinco años. Había sido recogido por Isaac cuando lo encontró en medio de la devastación. Su aldea había sido arrasada cuando era un niño. Las caras de sus padres, deformadas por el miedo y las lágrimas todavía perduraban en su memoria a día de hoy.

En las grandes puertas de piedra pulida se alzaba un majestuoso león con las fauces abiertas. Lo recordaba más grande que la estatua alzada delante suya en esos momentos. Cuando los guardias de la pasarela iban a inspeccionarle salió el abad del edificio haciendo una pequeña seña con la mano.

– No será necesario. Dejadle pasar.

El interior se encontraba completamente remodelado. Había unas máquinas a los lados de la galería principal. Con un aspecto extraño. Tenían unos conductos que se escurrían como gotas de agua hacia el suelo, emulando diferentes formas y cruzándose algunas de ellas; formando un entramado que resultaba complicado de seguir a simple vista. Por su cabeza pasaron las imágenes de aquel lugar durante su partida. Al volver la mirada en la puerta del león aquellos muros parecían a punto de derrumbarse por el paso del tiempo, acumulando el polvo de los años. Ahora era una sede del poder imperial, dirigida por el abad Isaac, El hombre que caminaba justo delante suya. Su túnica de color plateado caía hasta la altura de los tobillos, sujetada por un cinturón de seda del que salía una cinta roja hasta el hombro izquierdo. En ella colgaba un medallón a la altura del pecho con una insignia dorada y un triángulo dentro. Supuestamente representaba el triángulo de poder del imperio, aunque todo el mundo sabía que el tráfico de influencias era mucho más apropiado para definirlo. El sistema no era perfecto, pero funcionaba, o al menos ha funcionado durante treinta años. Desde el golpe del estado del general Galiant que se autoproclamó emperador. Después de salir victorioso de la batalla en los páramos.

Al llegar al final de la pasarela había un banco envuelto en sedas y cojines. El abad se dio la vuelta y envolvió en un largo abrazo a Kai. Quien correspondió con sinceridad. Echaba de menos algo parecido a la calidez de un ser querido. Había partido en un viaje por el continente para buscar la verdad por su cuenta, con el beneplácito de su padre adoptivo. Había depositado con fervor sus esperanzas.

- Este lugar ha cambiado mucho desde que me fui, Isaac.

- En tu ausencia fui nombrado Sumo Abad del Imperio. Aunque no es un título del que este orgulloso, sinceramente.

- Sus ojos estaban hundidos por una gran fisura en la que se había arremolinado la pena y el autoengaño. En un principio pensaba que estaba ayudando a los más necesitados, pero sus acciones solamente contribuían a establecerle en una posición de poder. No era de extrañar, la naturaleza excesivamente amable y flexible era un arma de doble filo. A cambio le ofrecían un lugar para dar paz a los ciudadanos necesitados. Dotándoles de un refugio en aquella pequeña fortaleza que se había erigido a su alrededor. Silenciosamente se sentaron en aquella banca de piedra. 

Habían pasado largos días, enseñando y aprendiendo, desde que había salvado la vida del joven Kai hace unos 20 años. Ahora convertido en todo un símbolo de valentía y orgullo para su padre adoptivo. Le dedicó una larga y profunda mirada, quería alargar todo lo posible aquel encuentro.
- Cuéntame sobre tu viaje. ¿Qué es lo que has descubierto? O las conclusiones a las que has llegado después de conocer diferentes perspectivas. – Se cruzó de brazos expectante, preguntándose si había encontrado de nuevo la calidez del hogar desde su partida.

- He vivido todo tipo de situaciones… arrebatando todo tipo de vidas, no solamente las humanas. Estas máquinas que son nuestras creaciones tienen una utilidad reducida. Su vida útil cada vez es más corta y lo preocupante es que el imperio solamente se concentra en nuevas conquistas, en especial con la rebelión del norte. Es como si el emperador solamente quisiera acumular cada vez más poder.

– Un resoplo de desaprobación brotó de sus labios. Había viajado al norte y conocido a los instigadores de la rebelión. La mayoría jóvenes, con ganas de cambiar las cosas, aunque incapaces por falta de recursos.

- Por mi parte. – Decía Isaac. – No podría contar ni en cien vidas todas las que he segado de manera vedada. Sin interponerme en los designios que me eran dados, la soberbia y la lujuria de poder se han apoderado de mi alma como una tenaza. – Apenas podía contener su propio desprecio en aquellas palabras. – La decadencia de nuestra alma nos deja en evidencia continuamente. Por las noches me pregunto cuántos inocentes tendrán que sufrir las consecuencias de nuestros actos. O las represalias de uno solo de nuestros edictos. En efecto… nos enorgullecemos de ser los sirvientes divinos. Pero somos la máxima encarnación del pecado en nuestros cuerpos. Sin posibilidad de salvación o redención para nuestra vida.

- Serían sus palabras o algún tipo de resorte que provocaron en Kai una sensación de amargura.

- Me he llevado la vida de hombres y mujeres que eran obligados. – Todavía podía recordar la casa del artesano, que fue saqueada en una noche durante el ataque imperial a Norvelle. Un pacífico pueblo entre las montañas. Solamente porque era un enclave estratégico. Se enfrentó a 20 hombres de un regimiento en la oscuridad de la noche. Con el terreno a su favor llevándose sus vidas. No podía olvidar la cara de sufrimiento de algunos al escuchar su última plegaria. Todas se dirigían a sus familias. Aunque sirvientes del poder no habían tenido otra alternativa que luchar. Hasta tiempo después no se enteró que sus hijos e hijas eran retenidos como rehenes con la excusa de darles enseñanza en la ciudad. Su cometido era doble pues servían para garantizar la obediencia de los soldados. Kai estaba seguro de que en otras circunstancias muchos de ellos se habrían opuesto a Galiant y su cruzada conquistadora.

- Su carga te acompañará para siempre, durante el resto de tu vida. Hay algo que me gustaría enseñarte, por favor acompáñame. – Se levantó y cruzó la estancia hasta una puerta de madera que estaba desvencijada por el paso del tiempo. Estaba en una de las galerías secundarias que casi nadie utilizaba excepto para almacenar provisiones. El abad desplegó una llave plateada de su túnica y la giró en la cerradura. La habitación era una sala de estudio. Varios libros eran la decoración de un suntuoso escritorio debajo de la cristalera. Isaac tomó uno de los libros y se lo entregó a Kai.

- He estado haciendo una recopilación. Cuentas, sucesos y testimonios de las pocas almas a las que he podido acoger en realidad. También he tratado de atestiguar nombres de oficiales, objetivos militares y campos de civiles por si a alguien se le ocurre hacer una misión de rescate… - Estaba legando el trabajo de una vida.

- Quiero que tu lo tengas. Para mí siempre has sido como un hijo. He tratado de ser un buen padre, aunque solo fuera para una persona. No estoy pidiendo una redención o algo así, pero al menos me gustaría hallar el alivio de salvar un alma de toda la marea infernal que me he llevado por delante. – Casi al borde de las lágrimas Kai se abalanzó sobre el para darle un abrazo fraternal. Era lo más parecido a una familia que había logrado en su vida.

La sangre brotó de la espalda del abad. Lo había apuñalado con una daga de acero. Los ojos de Isaac se abrieron como si fuera una repentina revelación.

- ¿Por qué los jóvenes siempre os rebeláis contra la mano que os ha dado una vida?

- La rebelión es el acto más valiente que puede cometer un hombre. Mucho más si se trata de un hijo… padre.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Transmisión entrante

Pandora (Parte I)