Cumplir con el deber
La ceremonia de santificación hacía horas que había
terminado. Kalem portaba el uniforme de la guardia de honor que su familia
había portado desde hace varias generaciones. Caminó con lentitud hasta la
fuente que adornaba el centro del patio de agua. Todo se había resuelto sin
complicaciones. Las advertencias del ministro Jal sobre las exigencias de los
plateados parecían haber sido infundadas. EL grupo religioso no había planteado
ninguna objeción ante el pergamino de la nueva vidente. Aunque no podían bajar
la guardia en ningún momento, Naliel solamente tenía 17 años, demasiado joven
aún como para llevar un cargo tan importante.
Su madre había sido la anterior vidente, igual que su abuela
antes que ella. El cargo se hereda por las habilidades que llevan las mujeres
de la familia en la sangre. Su capacidad de vislumbrar pequeños momentos del
futuro era una gran ventaja… igual que una gran carga. El tiempo siempre estaba
variando y reescribiéndose a sí mismo con las decisiones que se toman. La
clarividencia conlleva el peligro de tomar una decisión precipitaba que lleve
al país a una ruina aún mayor. La vidente se convierte en la mayor consejera al
servicio del gobierno.
Kalem había conocido a Naliel desde los 10 años. Como futuro
paladín de la guardia de honor. Su familia había destacado siempre en la
protección de la vidente. Habían crecido juntos y reído por todo tipo de
situaciones. Incluso habían recibido las reprimendas por las escapadas que
hacían algunas noches para cazar mariposas a la luz de la luna. Siempre se
metían en problemas y les gustaba ir a escalar las montañas de alrededor.
Terminaban llenos de heridas, con alguna torcedura de vez en cuando, pero
merecía la pena por pasar todos esos momentos juntos. Recordar su sonrisa
siempre le aliviaba de alguna forma. Después de la ceremonia no tendrán tanto
tiempo para verse. La edad conlleva una mayor carga de responsabilidad. Deslizó
la mano hasta el cinturón donde guardaba el arma y la apretó inconscientemente,
casi le pareció escuchar el rechinar de sus dientes. Maldijo su suerte una sola
vez, consciente de todo cambiaría desde aquella noche. No podía mantenerse
quieto, sentía la necesidad de mantenerse en movimiento para no verse envuelto
en todas las emociones que le embargaban. Cruzó el patio hasta la puerta oeste
del monasterio saludando a los hombres que hacían guardia.
- Voy a salir un momento, necesito tomar el aire. – Por supuesto
capitán. – Respondieron al unísono alzando la mano al pecho en su presencia.
Soplaba una brisa de aire fresco aquella noche, las hojas de
los árboles se mecían en favor del viento. Caminaba por el sendero cuando le
pareció escuchar que alguien le llamaba. Su primer instinto fue desenfundar el
sable; con el arma alzada giro sobre si mismo tratando de ver el origen de la
voz. Tensionó su cuerpo preparado para reaccionar inmediatamente ante cualquier
ataque.
- Tranquilo, no soy un enemigo. – Volvió a escuchar, esta
vez un hombre salió de entre los arbustos con las manos levantadas mostrándose
inofensivo. - ¿Quién eres? – Fue lo primero que preguntó Kalem.
- Un aliado tuyo, he venido haciendo de mensajero para
entregarte algo. – El extraño fue bajando una mano hasta su bolsillo ante la
atenta mirada del guardia.
- No puedo fiarme de alguien que no me ha dicho su nombre ni
su procedencia, lo siento. – Dijo intranquilo sin dejar de apuntarle con el
filo del arma. No podía permitirse tener dudas, un momento de debilidad ante el
enemigo podía significar la muerte. Amagar abría tus defensas y alguien lo
suficientemente diestro podía atravesarlas con rapidez para herirte. Recordaba
las lecciones de la academia con rapidez.
- Si lo prefieres lo dejaré en el suelo y me iré. No te
maldigas por dudar, bendícete por ser el dueño de tu futuro.– Sin esperar una
contestación sacó un colgante con forma de estrella del bolsillo y se lo enseñó
antes de depositarlo en el suelo. – No es nada peligroso, no te preocupes.
Puedes enseñárselo a Naliel también, si ves la oportunidad. - Sin decir nada
más se retiró caminando hacia atrás. - ¡Espera! – Gritó Kalem pero la figura
misteriosa desapareció entre los árboles sin más. El guardia se internó entre
los árboles buscándole pero era demasiado tarde. Tuvo tiempo de esconderse,
había vacilado en un momento de necesidad. Deseaba interrogarle, preguntarle de
qué conocía a la vidente y lo más importante de todo. ¿Cómo era posible que
portara el medallón de su familia?
Volvió adonde había dejado el amuleto y lo comprobó varias
veces. Era exactamente igual al que portaba el mismo al cuello, aunque se veía
más desgastado que el suyo. Se lo guardó en el bolsillo junto con una promesa.
No volvería a dudar, estaba siendo demasiado egoísta pensando que podía
controlar de alguna forma el tiempo que pasaba con Naliel. Sin importarle los
deseos que ella tuviera, cuando hablaban del futuro ella siempre decía que
quería ayudar a los demás con sus visiones. Pero en toda su vida apenas había
sentido pequeños destellos del futuro, inconexos de cualquier forma. Siempre la
veía preocupada de no poder estar a la altura de su madre. Al mirar al cielo
pudo comprender que igualmente compartiría su tiempo con ella, cuando la
dedicaba algún pensamiento o sentía que la estaba protegiendo. Igual que no
puedes acaparar las estrellas, pero ellas siempre están para iluminarnos por
las noches junto a la luna.
Volvió al monasterio con una nueva resolución. Los guardias
de la puerta le miraron asombrados, se abstuvieron de decir nada. Naliel estaba
en su habitación preparándose para el día siguiente. Su agenda se había
rellenado con todo tipo de tareas, reuniones con diferentes representantes y
comidas con la realeza para celebrar su nombramiento.
- ¡Kalem! – Se alegraba de verle tanto que no pudo evitar
correr a abrazarle. Durante varios segundos permanecieron juntos sin decir
nada. Le enseñó el amuleto que había encontrado y relató con todo tipo de
detalles su encuentro con el desconocido. Naliel escuchó atentamente toda la
historia.
- ¿Hay más amuletos como ese en tu familia? – Pregunto la
vidente. – No, este es el único. Se va pasando de padres a hijos cuando
demostramos que somos merecedores de llevar el título de guardia de honor, es
una reliquia familiar.
- Ha venido el futuro para asegurarse que cumples bien tu
deber. – Dijo ella sonriente. – Creo que eres el más indicado para protegerme
¿no crees? Me dijeron que es parte de la ceremonia también, tu familia ha
estado al cuidado de la mía desde tiempos inmemoriales. No podemos fallarles. –
Aquello sonaba de la manera más extraña posible, pero nada de eso le importaba
más que la presencia de ella. Sin pensarlo ni un segundo se acercó a su rostro
para besarla.
Al separarse ella le miró con la boca abierta y las mejillas
encendidas. No supo muy bien qué decir. Kalem tan solo apoyó un dedo en sus
labios y le susurró.
- Siempre te protegeré.
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